jueves, 23 de diciembre de 2010

La Lupe. La reina del Soul Latino

Mientras Curro asustaba a los niños en la cartuja de Sevilla, fallecía con 52 años, en la miseria, Lupe Victoria Yolí Raymond, una vecina hispana del Bronx de Nueva York. Unos años antes se había matriculado en la universidad para poder sobrevivir con el dinero de la beca. Puede que cuando sus vecinos la escuchaban hablar de limosinas, fama, lujo y fiestas se miraran cómplices y le siguieran la corriente. Ya está otra vez.



Pero era cierto, durante los sesenta Victoría, La Lupe, también conocida entonces como la reina del Soul Latino, presumía de poder gastarse los veinte mil dólares que ganaba por concierto en un abrigo de piel. Mucho antes de la invasión de la salsa estaba ella, la Yiyiyi, deambulando de bar en bar por la calle 53, lugar de encuentro y de intercambio de los inmigrantes latinos en la ciudad de los rascacielos. Busamba, Bogaloo, señores. Eso es lo que sonaba cuando Cuba se acostaba con México o Puerto Rico en el escenario de cualquier club. ¿Salsa?. No, todavía no, por favor. Aún era el momento de la Lupe. 

Exiliada de cuba porque su forma de cantar ofendía al coronel, se la disputaron en sus comienzos Mongo Santamaría y el mismísimo Tito Puente, con quien quizás realizara sus grabaciones más interesantes. Desde su primer disco, Con el diablo en el cuerpo, dejó claro que no iba a ser una cantante cualquiera. Cautivó al público por su extravagante personalidad y su locura. Chillaba, se estremecía, se tiraba de los pelos, insultaba al público, se reía, rompía su ropa en arrebatos pasionales. Pero también lloraba y demostraba su increíble técnica cuando le pedían un bolero. Como cantaba vivía. Derrochando y disfrutando de la alegría y la tristeza.

Luego pasó algo. Un sonido nuevo comenzaba poner banda sonora a la rutina diaria de los gethos inmigrantes. Un ritmo menos comprometido que permitía la evasión, al menos mientras duraba el baile, a todos los hispanos que malvivían en Estados Unidos. Celia Cruz, para bien o para mal, regaló la salsa al mundo y enterró en vida a la Lupe. Celia le arrebató su trono y se encargó de que nadie la recordara. La fama y el éxito es una guerra y Victoria ya no tenía fuerza para participar en esa batalla. Su vida era un terremoto. Por aquella época su segundo marido comenzó a desarrollar un cuadro esquizofrénico y ella decidió cuidarle. Después, poco más se sabe de ella hasta su muerte. A finales de los 80 se convirtió a la religión evangelista y compuso una serie de canciones que puede que salgan a la luz bajo el nombre de La samaritana. Aunque seguramente sus alabanzas a dios sigan sonando tan cálidas y sensuales como los boleros Orgasmo o Puro Teatro.



El año de su muerte, su amigo Tito Puente y Celia Cruz ofrecían en la EXPO 92 un convencional concierto de música latina. Quizás, en algún momento, el percusionista se acordó de cuando tocaba Bogaloo con la primera reina latina.

Como la misma Lupe dice en su explosiva versión del Guantanamera: “sobre tu tierra divina riega mi voz campesina versos que son como flores, con los más grandes honores de la Yiyiyi, señores”.








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